¿Por qué votamos contra nuestros propios intereses?

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Generalmente intentamos sostenernos en razonamientos rigurosos para abordar los problemas. Si un sistema funciona mal, uno intenta identificar las variables que intervienen, establecer relaciones entre ellas y encontrar una explicación razonable de lo que ocurre. No siempre es sencillo, por supuesto, pero existe cierta confianza en que detrás del comportamiento observado encontraremos alguna racionalidad, alguna lógica. Así, al menos, vemos el mundo los ingenieros cuando nos dan ataques súbitos de positivismo.
Algunos problemas (sobre todo cuando intentamos trasladar esa rigurosidad a las ciencias sociales), sin embargo, cuesta abordarlos desde esa perspectiva. Pensemos en un trabajador que vota a un candidato que propone reducir los derechos laborales que lo protegen. O en alguien que depende fuertemente de la educación, la salud o el transporte públicos y elige un programa que propone disminuir los recursos destinados a esos servicios. También podemos invertir el ejemplo: un empresario puede apoyar políticas que aumentan sus impuestos o regulan actividades de las que obtiene beneficios.
La explicación más inmediata suele ser bastante tranquilizadora: esa persona no entendió. Fue engañada, manipulada por los medios, recibió información falsa o no comprendió cuáles eran sus verdaderos intereses.
Puede ocurrir. Pero la explicación resulta insuficiente cuando descubrimos que muchas personas conocen perfectamente las consecuencias económicas de aquello que eligen y, aun así, continúan eligiéndolo. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿y si las personas no votamos solamente de acuerdo con aquello que racionalmente nos conviene?
Hay una idea proveniente del psicoanálisis lacaniano que resulta particularmente provocadora cuando se la traslada a la política. Lacan la condensó, invirtiendo el célebre cogito cartesiano, en una fórmula inquietante: “Pienso donde no soy, luego soy donde no pienso”.
Detrás de esa frase hay una concepción del sujeto que pone en cuestión una de nuestras intuiciones más persistentes: que somos individuos completamente racionales y transparentes para nosotros mismos, capaces de identificar primero nuestros intereses y actuar después para satisfacerlos. El sujeto lacaniano, por el contrario, está atravesado por deseos, identificaciones y significaciones que no controla plenamente y que, sin embargo, intervienen en aquello que hace, elige y cree querer. Parece una obviedad. Sin embargo, buena parte de nuestra manera cotidiana de interpretar la política supone exactamente lo contrario.
Una concepción muy sencilla del comportamiento político podría representarse casi como una cadena causal: una persona ocupa determinada posición social, esa posición determina ciertos intereses y esos intereses orientan su voto.
Pero entre una cosa y otra hay algo bastante más complicado: hay un sujeto. Y ese sujeto tiene historia, deseos, temores, frustraciones, identificaciones, valores y contradicciones. Pertenece simultáneamente a distintos grupos y no necesariamente sabe —ni podría saber— qué conjunto de decisiones maximizará su bienestar futuro.
Un trabajador no es solamente un trabajador. Puede ser padre, católico, ateo, hincha de Boca, descendiente de italianos, comerciante, vecino de un barrio, propietario de una pequeña vivienda, argentino, conservador respecto de algunas cuestiones y progresista respecto de otras. ¿Cuál de todas esas identidades debe determinar racionalmente su voto? Quizá la pregunta esté mal planteada. La política no se limita a descubrir intereses que ya existen. También construye identificaciones.
Aquí aparece otro autor argentino, Ernesto Laclau. Su teoría política, fuertemente influida en algunos aspectos por Lacan, propone pensar categorías como “el pueblo” no como realidades homogéneas que existen previamente y que luego encuentran un dirigente capaz de representarlas, sino como identidades que en buena medida se construyen políticamente.
Expresiones que escuchamos permanentemente —el pueblo, la gente, los trabajadores, los empresarios, la casta— no se limitan a describir grupos perfectamente delimitados. También producen una frontera entre un “nosotros” y un “ellos”. Y esa frontera puede llegar a ser políticamente más importante que una cuenta bancaria.
Jorge Alemán, psicoanalista argentino radicado durante décadas en España, ha intentado llevar algunas ideas de Lacan al pensamiento político desde una perspectiva de izquierda. Lo interesante, incluso para quien no comparta sus posiciones políticas, es la pregunta que coloca sobre la mesa. Si las personas actuáramos exclusivamente intentando maximizar racionalmente nuestro bienestar, una buena planilla de cálculo debería permitirnos predecir bastante bien unas elecciones.
Ingresos, impuestos, salario esperado, costo de los servicios, inflación, patrimonio. Calculamos qué programa nos beneficia más y votamos. Evidentemente, no funciona así.
El psicoanálisis agrega dimensiones que resultan mucho más difíciles de introducir en nuestra planilla: deseo, identificación y goce. Esta última palabra puede resultar extraña fuera del vocabulario lacaniano. No significa simplemente placer. Tal como afirma Alemán en su último libro (Neoemperadores) alude, simplificando muchísimo, a que las personas podemos encontrar una satisfacción particular incluso en experiencias, repeticiones o comportamientos que no necesariamente aumentan nuestro bienestar.
La política ofrece numerosos ejemplos. La indignación puede proporcionar satisfacción. También la pertenencia. Tener un enemigo puede ordenar un mundo que parecía incomprensible. Poder señalar a alguien y decir “éstos son los responsables de lo que nos ocurre” puede resultar enormemente movilizador.
El enemigo puede ser el inmigrante o el empresario, el sindicalista o el banquero, el Estado o el mercado, “los planeros” o “los ricos”, los progresistas o los conservadores. No importa aquí decidir cuál de esas afirmaciones es verdadera. Lo que interesa es comprender que una identidad política puede ofrecer algo que excede ampliamente el beneficio económico inmediato. Una persona puede estar dispuesta incluso a perder algo material con tal de que pierda mucho más alguien a quien considera responsable de su situación.
Decir que una persona votó “en contra de sus intereses” supone que nosotros sabemos cuáles son sus intereses mejor que ella. Y quizás estamos definiendo como interés exclusivamente aquello que puede expresarse económicamente. Imaginemos alguien que acepta pagar más impuestos porque considera fundamental sostener una universidad pública. Desde una perspectiva estrictamente económica podría estar perjudicándose. Sin embargo, sería absurdo concluir que votó irracionalmente.
También puede ocurrir lo contrario. Alguien puede aceptar perder determinada protección estatal porque valora más la autonomía individual, porque rechaza la institución que la proporciona o simplemente porque considera intolerable que otros reciban algo que él cree injustificado. Podremos estar de acuerdo o no. Pero su decisión adquiere otra racionalidad cuando incorporamos valores, identidades y afectos.
El problema aparece cuando creemos que una explicación económica agota la explicación política. Una máquina bastante difícil de modelar
Lacan resulta perturbador precisamente porque introduce variables que difícilmente podamos medir: el deseo no coincide necesariamente con la necesidad; no somos completamente transparentes para nosotros mismos; nuestras identificaciones importan; y podemos obtener alguna forma de satisfacción incluso de aquello que, visto desde afuera, parece perjudicarnos.
Foucault agregaría otra complicación: nuestras maneras de comprendernos tampoco se producen en el vacío. Instituciones, discursos y relaciones de poder participan en la construcción de aquello que consideramos normal, verdadero o deseable.
Los ingenieros sabemos que cuando la realidad contradice persistentemente al modelo matemático con el que pretendemos simularla hay dos posibilidades: que la realidad haya cambiado o que debamos revisar el modelo.
Con los votantes, sospecho que conviene empezar por la segunda.