Cuando la política dejó de ser solo política


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Durante años, la política argentina pareció ordenarse alrededor de una lógica bastante clara. Podía cambiar el nombre de los actores, los liderazgos o las coyunturas, pero el eje persistía: peronismo y antiperonismo, luego kirchnerismo y antikirchnerismo. Una grieta que, con distintos matices, organizaba posiciones, discursos y pertenencias.

El debate por la legalización del aborto no eliminó esa estructura, pero hizo algo más interesante: la desbordó.

De pronto, apareció una división que no coincidía con ninguna de las anteriores. No era una discusión entre oficialismo y oposición, ni entre proyectos económicos enfrentados. Era otra cosa. Algo que atravesaba a todos los espacios políticos y los obligaba a exhibir sus diferencias internas.

La imagen fue clara: en un mismo bloque convivían votos a favor y en contra. Dirigentes que compartían programas económicos, estrategia electoral y pertenencia partidaria quedaban, sin embargo, ubicados en veredas opuestas frente a una misma ley.

Ahí se rompe algo.

O, mejor dicho, se hace visible algo que ya estaba: que los partidos no son bloques homogéneos y que hay dimensiones de la política que no se dejan ordenar por las divisiones tradicionales.

El surgimiento de los pañuelos verdes y celestes no creó una grieta nueva en el sentido clásico. Pero sí introdujo una capa distinta. Una que no se organiza tanto en torno a intereses materiales como a valores, creencias y formas de entender la vida en común.

Y esa diferencia no es menor.

Porque cuando la política se estructura en torno a valores, el desacuerdo tiende a volverse más profundo. No se trata solo de discutir qué políticas aplicar, sino de definir qué es lo correcto, lo legítimo, lo deseable. En ese terreno, los consensos son más difíciles y las posiciones, más intensas.

El efecto inmediato fue una mayor complejidad del mapa político. Ya no alcanza con ubicar a alguien en una coordenada ideológica tradicional. Hay que sumar otras variables. Generacionales, culturales, incluso identitarias.

Pero el efecto más duradero quizás sea otro.

El debate por el aborto politizó dimensiones que hasta entonces permanecían, en gran medida, en el ámbito de lo privado. El cuerpo, la sexualidad, la maternidad dejaron de ser asuntos exclusivamente individuales para convertirse en cuestiones públicas, sujetas a discusión colectiva.

Eso modifica la naturaleza misma de la política.

Ya no se trata únicamente de administrar recursos, diseñar políticas económicas o disputar el poder estatal. También se trata de intervenir en la definición de la vida cotidiana, en los modos de relación, en las formas de subjetividad.

En ese contexto, las identidades políticas se vuelven más inestables.

Alguien puede coincidir en lo económico y disentir radicalmente en lo cultural. Puede votar al mismo espacio político y, al mismo tiempo, sentirse más cercano a personas de otro espacio en determinados temas. La pertenencia deja de ser total.

Y eso tiene consecuencias.

Por un lado, dificulta la construcción de mayorías estables. Por otro, abre la posibilidad de nuevas articulaciones. Pero, sobre todo, introduce una incertidumbre que no estaba tan presente cuando la política podía leerse con categorías más simples.

Tal vez el cambio más importante sea ese.

No que la política haya dejado de tener conflictos —los sigue teniendo, y muchos—, sino que esos conflictos ya no se organizan en un único eje. Se superponen, se cruzan, a veces se contradicen.

Algo similar está ocurriendo con la disputa por los fondos para el mantenimiento del sistema universitario público actualmente.

La política, en ese sentido, dejó de ser solo política. Se volvió también una disputa por el sentido de la vida en común. Y en ese terreno, las respuestas son siempre más difíciles.

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