“Enseñar música es despertar vocaciones”: Norma Echegoyen y una vida dedicada a la música en Olavarría


Para Norma Echegoyen, enseñar música no consiste solamente en transmitir conocimientos técnicos. Hay algo más delicado en ese vínculo entre un docente y quien empieza a cantar o a tocar un instrumento: la posibilidad de despertar una vocación o, por el contrario, de desalentarla.

Esa idea atraviesa buena parte de su recorrido como profesora de música y directora coral y fue uno de los ejes de su charla en CoNverSo, el ciclo de entrevistas de En Línea Noticias conducido por Fabricio Lucio y dirigido por Jorge Alberto Scotton.

“Enseñar música es despertar vocaciones”, definió Norma durante la entrevista. Y enseguida explicó por qué considera que se trata de una tarea especialmente sensible: “El niño, eh, que vos le podés arruinar todas sus posibilidades de cantar o de tocar algún instrumento porque con un comentario: no, vos no vas a cantar, vos vas a tocar instrumento, vos no afinás”.

Su propia historia está ligada a esa vocación. Desde chica tuvo un piano en su casa y comenzó a estudiar. A los 12 años empezó a rendir exámenes libres en el Conservatorio Nacional, mientras vivía en San Miguel y viajaba hasta Buenos Aires. Durante años hizo ese recorrido en el tren San Martín, en un viaje que podía demandarle una hora y media.

El esfuerzo tenía para ella un sentido concreto. “A mí me encantaba”, contó cuando recordó aquellos años de formación. No buscaba solamente obtener un título: había encontrado aquello que quería hacer con su vida. Se recibió de Profesora Nacional de Música, especialidad piano, y posteriormente desarrolló una extensa trayectoria docente en Olavarría.

Trabajó en escuelas como la 8, Fátima y Normal, y luego llegó al Conservatorio, donde desarrolló los últimos 15 años de su carrera. Pero dentro de la enseñanza encontró especialmente un lugar en el trabajo vocal y con los coros escolares.

“Había muchísimos chicos en el coro”, recordó sobre su experiencia en Fátima. Participó con esos grupos en encuentros y concursos, hasta que en una oportunidad obtuvieron un premio. Años después, algunos de aquellos mismos chicos aparecieron nuevamente en su camino, esta vez como estudiantes del Conservatorio.

“Después los veía a esos mismos chicos en el Conservatorio y era mi alegría. Yo digo, bueno, alguna cosa yo tuve que ver ahí”, contó.

Esa frase permite entender qué significa para Norma despertar una vocación. No se trata necesariamente de que todos los chicos terminen dedicándose profesionalmente a la música, sino de haber podido abrir una posibilidad y acompañar ese primer descubrimiento.

La misma concepción aparece cuando habla de Cantares, el grupo vocal que dirige desde 1987. Allí la enseñanza no desaparece cuando termina la clase: continúa en cada ensayo, en la preparación de las voces y en la construcción de un sonido común.

Norma explica el coro desde esa perspectiva. “Uno le pone la impronta, el color, el sonido con el trabajo vocal, con la manera en que se trabajan las voces”, señaló. Y para ella, dirigir supone también seguir aprendiendo, escuchar a otros directores, buscar repertorio y adaptar las obras a las posibilidades concretas de cada grupo.

Por eso sostiene que no existe un coro estático. Las voces cambian, las personas entran y salen y la formación debe encontrar nuevas maneras de trabajar. Actualmente Cantares tiene ocho mujeres y tres varones, una composición que le impide trabajar como quisiera a cuatro voces. Sin embargo, Norma no plantea abandonar el objetivo: “Uno se va adaptando y, si no te adaptás, morís”.

Esa adaptación no significa resignar la búsqueda. Su aspiración continúa siendo conseguir un determinado sonido y llegar a ese momento en que las voces dejan de percibirse como partes aisladas.

“Hay que llegar a una unidad en que el sonido parezca uno”, explicó. Para ella, ese ensamble es uno de los grandes objetivos de un coro. Lo definió como un trabajo permanente: “Es un trabajo para lograr ese ensamble perfecto que cuando llega ese momento es indescriptible”.

Pero el valor del coro no está solamente en el resultado musical. Para Norma también existe algo que sucede entre las personas que cantan juntas. Por eso, cuando le preguntaron por el papel de la música en momentos difíciles, no habló exactamente de una solución, sino de un espacio diferente: “No sé si una salida, pero es como un recreo espiritual”.

A los coreutas les explica que esos encuentros semanales pueden funcionar como “una sesión de terapia tan hermosa”, porque durante el ensayo se canta, se expresan emociones y se deja por un rato de lado aquello que sucede afuera.

En ese espacio también aparece otra de las dimensiones que Norma encuentra en la música: la posibilidad de convivir con las diferencias. “No todos pensamos lo mismo, ni votamos lo mismo, ni tenemos los mismos gustos”, señaló. Sin embargo, todos pueden encontrarse en el momento de construir un acorde.

“Hay una cosa en la que nos encontramos, que es ahí, en armar un acorde, en el ‘mirá qué lindo que suena’”, explicó. Y terminó definiendo al coro como “una minisociedad”.

Quizás por eso, después de casi cuatro décadas al frente de Cantares, Norma sigue hablando de la música en términos de búsqueda. Busca nuevas obras, nuevas formas de trabajar las voces, más integrantes y un sonido que todavía puede mejorar. También continúa capacitándose y participando de encuentros corales.

A los casi 80 años, no plantea la música como una etapa cerrada. “Siempre tengo proyectos, siempre tenemos proyectos”, afirmó.

Su recorrido permite volver, entonces, a aquella frase que eligió para definir la enseñanza: “Enseñar música es despertar vocaciones”. En su caso, esa tarea no terminó en las aulas. Se extendió a los coros escolares, al Conservatorio y a Cantares, donde desde hace casi 40 años continúa trabajando para que muchas voces diferentes puedan encontrarse en una sola música.

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