Más allá del hambre: el extravío del otro en la era del yo
Escribe: Cristian Daniel Delpiani

El foco desviado:
Vivimos tiempos en los que el miedo parece haberse convertido en el eje invisible que organiza nuestras percepciones y decisiones. Se nos habla del hambre, de la pobreza y de la inseguridad como si fueran las causas primarias de todos los males sociales, y no los síntomas de un entramado más profundo que nos atraviesa. Los medios y los discursos políticos insisten en mostrarnos un mundo amenazante, donde el otro es siempre un riesgo, un competidor o un peligro potencial. Así, bajo la apariencia de preocupación por los más vulnerables o de promesas de orden y seguridad, se va instalando un modo de mirar que nos distancia, que nos fragmenta y que convierte el miedo en herramienta de control. Lo que parece una descripción de la realidad es, muchas veces, una forma de moldearla.
La atención pública se concentra en lo urgente —el hambre, la pobreza, la violencia—, pero pocas veces se detiene en interrogar lo estructural: las transformaciones culturales e ideológicas que están reconfigurando el modo en que nos vinculamos y comprendemos lo social. El problema no es solo material, sino profundamente simbólico y político. La reducción del análisis a cifras y asistencias impide ver que el verdadero deterioro ocurre en los lazos, en la empatía y en la posibilidad de reconocernos mutuamente como parte de un destino común.
El diagnóstico equivocado
La sociedad contemporánea parece atrapada en un diagnóstico parcial que confunde síntomas con causas. Se nos repite que la pobreza y el hambre son los principales flagelos que debemos combatir, pero se evita cuestionar el modelo que las produce. Las políticas públicas se diseñan bajo la lógica de la urgencia, y los medios amplifican la narrativa de la escasez y el peligro, reforzando una visión del mundo donde el “problema social” se traduce en una cuestión de asistencia, control o caridad.
Este diagnóstico, que aparenta sensibilidad, muchas veces termina siendo funcional a la reproducción del orden existente. El hambre se convierte en imagen, la pobreza en estadística, la inseguridad en espectáculo. Y mientras tanto, los factores que alimentan el deterioro del tejido social —la desigualdad estructural, el individualismo extremo, la despolitización, la pérdida de sentido colectivo— permanecen invisibles. La pregunta que deberíamos hacernos no es solo por qué hay hambre, sino qué tipo de sociedad produce sujetos indiferentes al hambre ajena.
El desplazamiento del otro
Una de las transformaciones más profundas de las últimas décadas es el desplazamiento del otro como centro de la experiencia social. La ideología dominante ha promovido la figura del individuo autosuficiente, competitivo, emprendedor de sí mismo. Bajo el disfraz de la libertad y la meritocracia, se consolidó un paradigma que erosiona el sentido de lo común y convierte la convivencia en una carrera.
El otro deja de ser alguien con quien construir, compartir o cuidar, y pasa a ser alguien frente a quien protegerse, destacarse o vencer. Este desplazamiento no es solo económico o político: es cultural y afectivo. La desconfianza se normaliza, la empatía se debilita, el encuentro se vuelve sospechoso.
El miedo al otro —alimentado por discursos sobre la inseguridad, por la espectacularización del delito, por la lógica del “sálvese quien pueda”— termina modelando subjetividades cada vez más aisladas. Y una sociedad de individuos temerosos es, en el fondo, una sociedad más controlable.
La pobreza simbólica
Si la pobreza material es evidente y visible, la pobreza simbólica es silenciosa, pero igualmente devastadora. Es la carencia de sentido, de lazos, de horizontes compartidos. Es la dificultad creciente para nombrar lo común, para imaginar un futuro que no sea estrictamente individual.
Esta pobreza simbólica se manifiesta en múltiples dimensiones: en la banalización de la palabra pública, en la sustitución del pensamiento por la opinión, en la reducción del otro a un estereotipo o un dato. Se empobrece el lenguaje, se empobrece la imaginación, se empobrece la experiencia del nosotros.
Combatir la pobreza simbólica implica devolver densidad al vínculo social, recuperar la conversación, el disenso, la posibilidad de construir juntos una mirada crítica sobre el presente. Sin esa tarea, cualquier política de inclusión será apenas una forma sofisticada de administración del malestar.
El miedo como tecnología social
El miedo se ha transformado en un dispositivo de organización social. Su eficacia radica en que no requiere violencia explícita: basta con instalar la percepción de amenaza para que cada uno se encierre en su burbuja.
La inseguridad, más que un fenómeno objetivo, se ha convertido en un relato que justifica la fragmentación y legitima la indiferencia. El miedo al otro naturaliza el control, la vigilancia, la exclusión; nos hace aceptar límites y renunciar a derechos en nombre de una protección que nunca llega del todo.
En este contexto, el miedo cumple una función política: inhibe la solidaridad, anestesia la empatía y refuerza el aislamiento. Nos vuelve consumidores de soluciones inmediatas y de discursos simplificados. Y en ese círculo vicioso, el sistema se perpetúa, porque la desconfianza colectiva impide cualquier forma de transformación común.
Hacia una mirada integral del malestar social
Repensar lo social exige ir más allá de los indicadores económicos o de seguridad. Significa interrogar las formas en que pensamos al otro, al nosotros y al propio sentido de comunidad. El hambre y la pobreza importan, pero también importan la soledad, la apatía, la indiferencia. No habrá justicia social si no hay una reconstrucción simbólica y ética del vínculo humano.
Necesitamos volver a mirar al otro no como amenaza ni como víctima, sino como interlocutor. Reconocer en el otro no un peligro, sino una posibilidad. Recuperar el nosotros como horizonte de sentido, como trama que nos sostiene frente al vacío de una sociedad que ha hecho del yo su única religión.
Solo así podremos salir del falso diagnóstico que reduce los problemas sociales a estadísticas de miseria o cifras de delito. Porque lo que está en juego no es solo el bienestar material, sino el alma colectiva: la capacidad de seguir sintiéndonos parte de una misma historia.