Un asado, cuatro amigos y todo lo que fuimos

Por Fabricio Lucio
El lunes 13 de abril, a las 16, me encontré con Carlos Verucchi en la puerta de un correo de Olavarría. Fuimos juntos a buscar las cajas que nos entregaban. Él esperaba sus libros. Yo acompañaba ese momento. Así de simple —y así de cargado de sentido— es ese instante en el que una novela deja de ser un archivo y pasa a ser objeto: algo que se puede tocar, oler, abrir. Ya había atravesado una sensación similar el día que entregué la muestra antes de la tirada final. Aquella tarde-noche, el encuentro fue con una cerveza de por medio.
Ese lunes 13 de abril, cuando finalmente tuvo los ejemplares en sus manos, me regaló uno —como hace siempre— y nos quedamos un rato hablando de literatura, del lugar en el que inscribe esta nueva obra y, también, de lo que pasa en el país. Con Verucchi compartimos cierta incomodidad frente al presente. Mientras volvía de ese encuentro, pensé —una vez más— que de las crisis se sale con más lecturas.
Me permití una sola devolución: su capacidad para construir escenas. Su pluma es, sin exagerar, una de las más precisas que hay hoy en Olavarría. Tiene esa virtud de meter al lector adentro, de hacerlo parte. Se lo dije ahí y lo sostengo acá.

Aclaro algo: soy socio de Ediciones delaltillo y participé del proceso de este libro. No soy neutral. No soy objetivo. Justamente por eso puedo decirlo con claridad: Lo que somos cuando fue vale la pena.
La novela parte de un reencuentro: un asado, un quincho, cuatro hombres que vuelven a verse después de décadas. A partir de ahí, Verucchi construye algo más amplio sin necesidad de grandes artificios. Trabaja con lo cotidiano —gestos, silencios, objetos— y desde ahí sostiene la atención con una precisión poco frecuente.
Hay un dominio del detalle que se vuelve marca propia. Escenas mínimas, aparentemente insignificantes, terminan cargadas de sentido. En esa mirada paciente está buena parte de la potencia del libro.
Pero debajo de lo cotidiano aparece otra capa. El pasado —la dictadura, la política, los vínculos que se tensaron— irrumpe sin orden, como suele hacerlo en la memoria. No hay reconstrucción lineal: hay fragmentos, irrupciones, cruces.
También ahí está uno de los aciertos: el manejo del tiempo. El presente del encuentro convive con lo que vuelve, sin aviso. Y en ese ir y venir se arma algo más profundo, que tiene que ver con lo que somos y con todo lo que, de una forma u otra, nos fue pasando.
La novela no busca cerrar esas preguntas. Las deja abiertas. Y en eso radica buena parte de su honestidad.
El cierre va en esa misma línea: sin énfasis, sin subrayados, con un gesto mínimo que alcanza para decir mucho.
Olavarría atraviesa todo el libro, incluso cuando no se la nombra. Está en el Industrial, en las calles, en los recorridos, en el tono. Los personajes no están en la ciudad: son de la ciudad. Y eso se percibe en cada página.
La prosa acompaña: es directa, sin adornos innecesarios. Hay algo de esa formación técnica —casi de ingeniero— en la precisión con la que construye cada escena. Verucchi no escribe para lucirse. Escribe para contar. Y en esa aparente sencillez hay un trabajo muy preciso.
Lo que somos cuando fue confirma a Carlos Verucchi como una voz sólida dentro de la literatura olavarriense. No por lo que declara, sino por lo que construye. Con materiales simples arma una novela que habla de identidad, de tiempo y de todo lo que, sin elegirlo, nos termina definiendo.
Cómprela. Léala. Regálela. Hágala circular. Vale la pena. Porque, incluso en tiempos difíciles, la literatura sigue siendo una forma de entender —y de sostener— lo que somos, aun cuando el contexto empuje en sentido contrario.