Un día como cualquier otro en la ciudad de la furia

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)
Mi hija y mi esposa tenían entradas para Bad Bunny en River. Con mi otro hijo nos hicimos socios de Boca hace un par de años y nunca habíamos ido a retirar los carnets a la Bombonera. Decidimos viajar los cuatro y, como quien dice, matar dos pájaros de un tiro.
Cerca de la una llegamos a la gran ciudad y enfilamos directamente para el gran templo del fútbol mundial. Logré tranzar con el trapito para que me rebajara mil pesos el “cuidado” del coche.
En la Bombonera, nos ubicamos en la fila para entrar por la puerta de los socios. Adelante nuestro, un señor mayor, de aspecto muy humilde, discutía con el guardia de seguridad. Quería ver una vez más la bombonera y no tenía dinero para pagar el tour que ofrece el club para recorrer el estadio y entrar, incluso, al campo de juego por el túnel.
El señor, siempre muy respetuoso, insistía ante el guardia que lo ninguneaba valiéndose del aparente poder que otorga el hecho de llevar algún uniforme. Ante tanta insistencia, el guardia le pide un minuto para hablar con su jefe, “dígame su nombre”, dice. El señor responde en voz baja, “Hugo Paulino Sánchez”. Fue ahí cuando intervine en la conversación y le dije, “pero usted jugó en Boca”, “claro”, me dijo, “años 75 y 76”. De inmediato le pedí a mi hijo que me sacara una foto con el gran delantero que pasó por Boca, San Lorenzo y otros equipos. Otro señor que estaba atrás nuestro en la fila también intervino: “pero cómo, ¿usted es el que le hizo los tres goles a Racing esa vez que le dimos vuelta un tres a cero abajo?” Hugo Paulino, ruborizándose asintió. El guardia, ante semejante prócer, decidió dejarlo pasar a darle un vistazo a la cancha donde le había convertido a Racing y River, entre otros.
Voy a conservar para siempre esa foto con Hugo Paulino.
Con los dos carnets en nuestras manos, fuimos al hotel y a eso de las seis de la tarde nos dividimos. Las mujeres de la familia hacia River, y, a mi hijo y a mí, nos pareció bueno ocupar ese tiempo en ir a ver a la cancha de Independiente, el partido que el local jugaba frente a Lanús.
Mi viejo nació en Avellaneda, cuando yo era chico me llevaban todos los años a visitar a sus primos. Me decepcionó un poco ver a Avellaneda después de casi cincuenta años. El primer polo industrial de Latinoamérica convertido en un depósito de chatarra. La decadencia de sus clubes de fútbol confirman la decadencia de la ciudad. Pensar que si las políticas de los años cuarenta se hubieran mantenido, hoy, Avellaneda debería tener el doble del potencial que tiene San Pablo. En fin, nadie explica a la Argentina sin fracasar.
El taxista que nos llevó a la cancha de Independiente nos dijo que él también era hincha de ese club y, por lo tanto, nos iba a hacer precio por el viaje. Nos pidió veinte lucas. En ese momento me auto percibí un gran “piola” por no aclararle que en realidad éramos hincas de Boca que íbamos a ver al Rojo porque no teníamos absolutamente nada que hacer. Eso que llaman viveza criolla. Mi hijo me miró raro.
El fútbol argentino está muy devaluado, el partido fue muy trabado, muy interrumpido. Eso sí, cuando aparecen los espacios, el jugador argentino es genial, en un segundo saca un conejo de galera. En el segundo tiempo pudimos ver dos golazos que arrancaron nuestros aplausos a pesar de ser Bosteros.
Cuando ya casi terminaba el partido salimos rápido hacia la avenida Yrigoyen y tomamos el primer taxi que pasó. El taxista puso el taxímetro. Cuando nos dejó exactamente en la puerta del hotel (lugar de donde habíamos salido), marcaba 10.500 $. Y como no tenía cambio nos cobró 10.000. Me acordé del taxista que nos había llevado y también de su madre.
La consigna era esperar a las mujeres en los 36 Billares. Entramos y nos anunciaron que estaban por cerrar, que nos convenía ir a otro lugar. Fuimos a la pizzería de la esquina. Desde ahí, justo en Av. de Mayo y Salta, pude ver que el otrora gran restaurante español, “Patio Asturiano”, estaba casi vacío y su fachada arruinada con el cartel que anunciaba que a la comida asturiana le habían anexado “parrillada”, ganando tal vez la atención de los turistas y perdiendo la dignidad y el espíritu del lugar. Enfrente, el bar Iberia, en el que García Lorca cenaba todas las noches en su exilio porteño, ya había cerrado.
La ciudad de Buenos Aires se fue hacia alguna otra parte, eso es lógico. De todos modos, me produce cierta tristeza ver que esa avenida, que diseñaron los oligarcas argentinos en el tiempo de las vacas gordas, haya caído en el abandono. No me animé a caminar hasta el Tortoni, lo imaginé también cerrado.
Un buen rato después, llegaron las “chicas” de la familia, muy conformes con el concierto que acababan de ver (supongamos que puede llamarse de ese modo al espectáculo de Bad Bunny), y al mismo tiempo indignadísimas por los abusos de los taxistas. En la puerta del estadio le pedían 120.000 $ para llevarlas. A dos o tres cuadras caminando por Libertador les pidieron 90.000 $. Después de diez cuadras lograron que las llevaran por 40.000 $. “Si esa era la lógica y caminaban diez cuadras más, tal vez las traían gratis”, les dije. Mi broma no causó ninguna gracia.
Comimos rápido porque la pizzería también estaba por cerrar.
Cuando llegamos al hotel busqué en Google el origen del legendario Hugo Paulino Sánchez: correntino. También me acordé de los taxistas y de las críticas a la película Homo Argentum, tal vez hayan sido desmedidas.
Y así pasó un día en la gran ciudad, en la metrópoli, en la ciudad de la furia. No deja de esconder algo de simbolismo que el habitante de la ciudad de Buenos Aires no tenga un gentilicio convencional. Que les llamemos porteños, y que ellos hayan aceptado y tomado ese gentilicio, significa que el puerto es más importante que la ciudad, o que la ciudad es en realidad el puerto, o que se extendió alrededor de él. No podría precisar si esta idea se me acaba de ocurrir o es producto de mis lejanas lecturas de “La cabeza de Goliat”, del genial Ezequiel Martínez Estrada. Si fuera así, mi ego le solicita al estimado lector hacer la vista gorda.
Nos vemos el próximo domingo si es que logramos escapar de este infierno encantador.