Venezuela. O el fin de la República Imperial


Por Pablo Palazzolo

En la década de 1970, un politólogo y sociólogo de la derecha liberal francesa -Raymond Aron- publicaba un libro sobre la política exterior estadounidense en el que calificaba a EEUU como una “República Imperial”. Como explica el politólogo argentino Natalio Botana, “Aron describió así una contradicción que no pudo resolver la Roma clásica: una forma de gobierno republicana que, además, ejercía imperium sobre gran parte del mundo entonces conocido.”

Imagen generada con IA.

Ello implicaba un par de cosas. Primero, que EEUU era una democracia y representaba sus valores. Segundo, que ejecutaba una política exterior imperialista que, sin tener un imperio colonial tradicional, controlaba zonas de influencia y recursos estratégicos. Un imperio colonial tradicional es uno que gobierna colonias directas desde una metrópoli. A pesar de tener una influencia decisiva en varias partes del planeta, desde 1945 EEUU se cuidó de hacerlo más o menos veladamente. A Puerto Rico, por ejemplo, no lo llamó “colonia” sino “estado asociado”.

La intervención en Venezuela rompió ambas cosas. Si bien la discusión sobre si los EEUU actuales son una republica democrática no está saldada, dado que muchos sostienen que desde la revolución neoconservadora de la década de 1980 ese país se ha ido convirtiendo en una oligarquía al servicio de unos pocos poderosos, el hecho de que Trump haya llevado a cabo la agresión militar a Caracas sin autorización (ni conocimiento) del Congreso muestra que los mecanismos democráticos de control del poder presidencial no están funcionando.

Pero tampoco funcionan las apariencias frente al mundo. Trump se encargó de dejar bien en claro qué busca.

Nunca fue Maduro

A Trump no le importa si Maduro es un dictador o no. La categoría de dictador está fuertemente unida, en su universo, a la logica amigo-enemigo. Si se trata de un amigo, no interesa cuán poco democrático sea. Sólo para citar un caso basta ver lo bien que funcionan sus relaciones con Mohammed bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudita, que encabeza uno de los peores regímenes represivos del mundo.

Tampoco podrá probar ningún vínculo del narcotráfico con el presidente venezolano, aunque es probable que la sentencia de Maduro como narcotraficante ya estuviera escrita desde hace tiempo.

A Trump le interesa otra cosa. Hace dos semanas reclamó «Que Venezuela devuelva todo el petróleo, la tierra y otros activos que previamente nos robaron». Para Trump el petróleo que alberga el territorio venezolano es de EEUU. Y todas las acciones soberanas que históricamente Venezuela fue tomando para controlar su propio recurso natural (como la nacionalización de los hidrocarburos y la creación de la empresa nacional petrolera -PDVSA- en 1971, entre otros), son actos hostiles a EEUU.

Semejante afirmación tiene su fundamento. Venezuela posee, con más de 300 billones de barriles, la mayor reserva mundial de petróleo conocida. Y un buque petrolero tarda sólo 2 o 3 semanas de viaje hasta las costas de EEUU, mientras que desde la península arábiga tardaría más de 7.

Pero las riquezas naturales venezolanas no se limitan solamente al petróleo. También hay en juego vastas reservas de minerales raros que se usan para la generación de nuevas tecnologías, en un momento de retraso de EEUU frente a otras potencias como China en ese rubro. Ahí está el verdadero interés estadounidense en Venezuela. No es Maduro. Es el petróleo y las riquezas minerales y la disputa geopolítica con el gigante asiático.

También está la situación política interna de EEUU. Trump está jaqueado por la revelación de los archivos del caso Epstein, que apuntalan las acusaciones de pedofilia en su contra. Y la falta de cumplimiento de las promesas de su gobierno de ultraderecha de combatir la inflación interna que afecta la vida de millones de sus conciudadanos.

La suma de razones externas e internas no son ajenas a la decisión de atacar Caracas.

El peligro Trump

Ya el ataque a la integridad territorial de Venezuela, los 40 muertos que dejó, y el secuestro del presidente venezolano, constituyen un grave peligro para la región y la paz mundial. Pero hay cosas aún peores.

En primer lugar, el quiebre del derecho internacional que resguarda la integridad territorial y la soberanía de los países. Trump ha vuelto el reloj al siglo XIX, época en la que bastaba tener la fuerza militar necesaria para reclamar la riqueza de otros. En ese sentido, ningún país está a salvo, a excepción de aquellos que tienen el poderío militar necesario para oponerse. La pregunta es cuál será el próximo país a ser atacado. ¿Méjico? ¿Brasil? ¿Canadá? ¿Groenlandia? Todos ellos han sido mencionados como objetivos por Trump en distintas ocasiones.

En segundo lugar, Trump le ha quitado el velo a las intenciones de EEUU al declarar que serán ellos quienes gobernarán a Venezuela. Ya no le sirven los títeres locales como Corina Machado, Guaidó o Edmundo González. Ahora reclama para sí el derecho a gobernar. Es decir, Trump ha convertido a Venezuela en una colonia, y su país en un imperio a secas, sin ningún escrúpulo. Y la pregunta se repite: ¿qué país soberano será el próximo?

Mientras Venezuela intenta resistir, su futuro es más que incierto. Y la Argentina, el país más endeudado del mundo, pero también con grandes reservas de petróleo y litio y con una posición privilegiada para el acceso al Atlántico Sur y al continente antártico, se halla gobernada por una banda de irresponsables que celebran a Trump. ¿Acaso creen que ellos no serán descartables cuando llegue el momento?

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