Médica tandilense atendió más de 650 chicos en Uganda en una misión humanitaria

La doctora Julieta Sancho Cano integró la misión que estuvo 13 días en el país africano, encabezada por otro tandilense, Román González, que hizo lo propio con más 900 adultos.


Ayudar sin fronteras. Amar para curar. Sabiendo que hay mucho por hacer en nuestro país, poder ver más allá y pensarnos como una única comunidad global que vive, contemporáneamente, en un mismo tiempo histórico. Es la idea de una iniciativa que llevó a siete profesionales a Uganda, un país ubicado en el corazón del continente africano, con 42 millones de personas, en donde más de un tercio de su población vive bajo la pobreza absoluta.

Hasta allí fue, durante los primeros días de septiembre, la médica pediatra tandilense Julieta Sancho Cano -egresada de la UBA, con especialización en pediatría y en diagnóstico por imágenes pediátrico en el Hospital Garrahan, junto a otros seis profesionales en el marco del proyecto “Amor que Cura”, que lidera otro tandilense, Román González, hoy convertido en Frei Leonardo, formado como médico en La Plata, pero con residencia hace varios años ya en Río de Janeiro, Brasil.

Tres médicos, una dentista, una enfermera y dos personas de apoyo que ayudaron en la traducción, fueron las personas que participaron de esta experiencia única que los marcó a fuego. Durante 13 días atendieron a 1627 personas.

En diálogo con El Eco de Tandil, la médica Sancho Cano, brindó más precisiones sobre la misión en el país africano:

¿Cómo llegó esto de irse a Uganda?

Fue una iniciativa de otro tandilense, Román González, que muchos conocen. Él está viviendo en Brasil. Es médico y clínico pero terminó siendo parte del Movimiento Franciscano. Vive en Río de Janeiro y tienen una ONG asociada a la fraternidad en la que él está y querían hacer una misión internacional y así surgió esta idea. La decisión de ir a Uganda fue porque fue en colaboración con un Instituto que se llama Kareeby que tiene dos misioneros brasileros allá. Por eso fue ese país, podría haber sido cualquier otro.

¿Costó llegar al lugar?

Fue muy largo el viaje. Hay que llegar primero a Sudáfrica y de ahí tomar otro avión hasta Uganda. Llegamos a Kampala, la capital, y viajamos ocho horas hasta la segunda ciudad más grande que es Mbarara y desde ahí nos metimos dos horas a la montaña, que fue donde parábamos y dormíamos. Es en el sudoeste de Uganda. La situación es rural. Había escuelas e iglesias que nos prestaban las instalaciones para atender a alguien.

En el imaginario, decís Uganda y decís pobreza…

Ellos son tan alegres que viven la pobreza de otra manera. No conocen esta realidad nuestra. No tienen electricidad ni nada de lo que se nos ocurra. Salvo en las grandes ciudades, que por ahí tienen otros accesos. Tratamos de meternos en la comunidad.

¿Qué hicieron?

La misión tenía una parte evangelizadora porque el Instituto Kareeby tiene esa finalidad. Ellos apadrinan 130 chicos, porque el colegio no es obligatorio en Uganda. Los que pueden acceder, no pueden pagarlo. Entonces algunas ONG tratan de apadrinarlos. Nos pedían que trabajáramos con los chicos de las escuelas. Con ellos lo que hicimos fue un seguimiento, dejar asentado el peso, la talla, algunas conductas para seguir. Una especie de historia clínica. Ahí se sumó toda la comunidad de esa región que quizás caminaron dos horas para llegar al lugar donde estábamos.

¿No hay acceso a la salud?

La salud es pública pero no como nosotros la entendemos. El gobierno tiene hospitales pero por ahí tienen que pagar para el acceso. Nosotros detectábamos casos e íbamos a la farmacia de la ciudad más grande y comprábamos la medicación que necesitaban.

¿Cuánta gente atendieron?

Por día atendíamos muchas personas. Desde las 8:30 de la mañana hasta que se acaba la luz. Si teníamos electricidad nos quedábamos más tiempo, en algunos lugares sí, en otros terminábamos atendiendo con la luz del celular. En total fueron 1627 consultas, fueron 985 de adultos y el resto pediátricas. Llevamos el ecógrafo, hicimos casi 200 ecografías. Hicimos por ejemplo el control pre-natal que ellos nunca habían tenido, escuchar el latido del bebe o verle la cara, no sabían que existía el aparato y quizás era el quinto hijo que tenían.

¿Qué te llevas de la experiencia?

Lo que me llevo es la respuesta de ellos. Llorábamos todos. La lengua oficial es el inglés pero el analfabetismo hace que solamente hablen un dialecto propio de ellos. Era difícil la comunicación pero las caras lo decían todo. Me traje mucho más de lo que intentamos llevarle. En total fueron 10 días de misión y 13 en total el viaje. Nos invitaron a todos lados para estar con ellos. A mí me tocó ir ahí porque me invitaron. Se puede ayudar desde cualquier lugar. Podés ir a cualquier lugar. El grupo de brasileros lo hace en la calle en Río de Janeiro o San Pablo. Tiene que ver con el acceso a la salud de cada país. Acá no habían visto nunca a un médico, me di cuenta de que no sabían ni cómo acostarse en la camilla, era todo nuevo para ellos. Había una expectativa fuerte en nosotros.

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