¿Borges era posmoderno?

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Cada tanto reaparece la misma afirmación: Borges fue un escritor que se adelantó a la posmodernidad.
Los argumentos parecen contundentes. Mucho antes de que Foucault, Derrida o Baudrillard escribieran sus obras, Borges ya había imaginado mundos donde la realidad era sustituida por el lenguaje, donde los autores desaparecían detrás de los textos y donde una misma obra podía adquirir significados completamente diferentes según quién la leyera.
Basta recordar Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Pierre Menard, autor del Quijote o La Biblioteca de Babel para encontrar problemas que luego ocuparían a buena parte de la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo XX.
Sin embargo, Ricardo Piglia nunca estuvo completamente de acuerdo con esa lectura. Y creo que tenía buenas razones. La diferencia parece sutil, pero cambia completamente la manera de entender a Borges. La posmodernidad desconfía de los grandes relatos. Desconfía de la verdad, de los fundamentos últimos, de las explicaciones universales. Borges también pone en duda muchas de esas certezas. Pero nunca deja de buscarlas. Ésa es la gran diferencia.
En La Biblioteca de Babel existen infinitos libros. Sin embargo, los bibliotecarios no celebran ese infinito. Lo padecen. Buscan desesperadamente el libro verdadero. En El acercamiento a Almotásim, el protagonista dedica su vida a perseguir una figura que jamás alcanza. Nunca deja de creer que existe.
En Las ruinas circulares, el creador descubre que él mismo ha sido creado. Pero esa revelación no destruye el misterio. Lo profundiza.
Incluso en Pierre Menard, quizá el cuento más citado por los teóricos posmodernos, Borges no sostiene que todas las interpretaciones sean equivalentes. Al contrario. Dedica páginas enteras a demostrar por qué el mismo texto adquiere un significado distinto cuando cambia el contexto histórico. No hay relativismo. Hay historia. Y eso no es exactamente lo mismo.
Creo que allí reside la intuición de Piglia. Borges no escribe para demostrar que la verdad no existe. Escribe para mostrar que acceder a ella resulta infinitamente más complejo de lo que habíamos imaginado.
Hay otra diferencia aún más interesante. Los filósofos construyen sistemas. Borges construye cuentos. Foucault necesita cientos de páginas para desarrollar una teoría sobre el poder y el saber. Derrida hace lo mismo con la escritura y la diferencia. Borges plantea problemas semejantes… en diez páginas.
No porque haga filosofía disfrazada de literatura. Sino porque la literatura posee una libertad que la filosofía muchas veces no tiene. Puede formular preguntas antes de que existan los conceptos necesarios para responderlas. Quizá por eso tantos filósofos terminaron leyendo a Borges. No porque encontraran en él un maestro. Sino porque descubrieron un interlocutor inesperado.
Entonces, ¿Borges anticipó a Foucault y Derrida? Tal vez. Pero hoy prefiero formular la pregunta de otra manera. Quizá Borges no anticipó ninguna teoría. Quizá hizo algo todavía más difícil. Escribió los cuentos que obligaron a la filosofía a pensar problemas nuevos.
Y ésa, sospecho, constituye una forma mucho más extraordinaria de adelantarse a una época.