Cuando la razón dejó de ser suficiente

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Hay momentos en la historia del pensamiento en los que cambia no solo lo que se piensa, sino desde dónde se piensa. La modernidad es uno de esos momentos. No empieza con una fecha exacta ni con un único autor, pero suele reconocerse en el giro que introduce “René Descartes” en el siglo XVII: el conocimiento ya no se apoya en la tradición ni en la autoridad divina, sino en el sujeto que piensa.

Ese cambio es decisivo.

La famosa fórmula cartesiana —“pienso, luego existo”— no es solo una afirmación filosófica. Es una declaración de autonomía. El individuo se convierte en el punto de partida del conocimiento. A partir de ahí, la razón, la ciencia y la capacidad humana de comprender el mundo pasan a ocupar el centro de la escena.

La modernidad se construye sobre esa confianza.

Con el desarrollo de la ciencia moderna —de “Galileo Galilei” a “Isaac Newton”— y con el impulso de la Ilustración, se instala una idea fuerte: el mundo es inteligible y, por lo tanto, transformable. La historia deja de ser un ciclo o un destino y pasa a ser un proceso. Y ese proceso tiene una dirección: el progreso.

Durante siglos, esa idea organiza buena parte de la vida social, política y cultural. La confianza en la razón no es solo epistemológica; es también moral y política. Se cree que, con suficiente conocimiento, es posible construir sociedades más justas, más libres, más racionales.

Pero esa confianza empieza a resquebrajarse.

El siglo XX introduce una experiencia difícil de integrar en ese relato. Las grandes guerras —la “Primera Guerra Mundial” y la “Segunda Guerra Mundial”— no son solo conflictos bélicos. Son el resultado de sociedades altamente desarrolladas, con avances científicos y técnicos notables, que utilizan esos mismos avances para la destrucción masiva.

La razón, que debía ser garantía de progreso, aparece también como instrumento de barbarie.

Ahí se produce una fisura.

No se trata de abandonar la razón, sino de reconocer sus límites. La idea de un progreso lineal, inevitable y positivo deja de ser evidente. La historia ya no puede leerse como una marcha ascendente sin interrupciones. Lo que parecía un camino seguro se vuelve incierto.

En ese contexto emerge lo que, con cierta simplificación, se llama posmodernidad.

No es una corriente unificada ni un programa cerrado. Es, más bien, una sensibilidad crítica frente a los supuestos de la modernidad. Filósofos como “Jean-François Lyotard”, “Michel Foucault” o “Jacques Derrida” no proponen un nuevo sistema total. Más bien, desconfían de los sistemas que pretenden explicarlo todo.

Lyotard formula esa desconfianza de manera clara: incredulidad hacia los grandes relatos (y disculpen mi tentación de volver siempre a Borges, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, de algún modo anticipa esa desconfianza hacia los grandes relatos supuestamente construidos con una lógica rigurosa).

Los grandes relatos son esas narrativas que daban sentido a la historia: el progreso, la emancipación, la razón como guía universal. La posmodernidad no necesariamente niega esos relatos, pero cuestiona su pretensión de universalidad. Señala que no hay una única historia, ni una única forma de verdad, ni un único camino de desarrollo.

En lugar de unidad, aparece la fragmentación.

Las identidades se vuelven más múltiples, los discursos más diversos, las verdades más situadas. El conocimiento ya no se presenta como una construcción neutral, sino como algo atravesado por el lenguaje, el poder, el contexto. Lo que se sabe depende, en parte, de cómo se lo dice y desde dónde se lo dice.

Esto no significa que “todo valga” o que no haya diferencias entre lo verdadero y lo falso. Significa, más bien, que esas diferencias no se sostienen en un fundamento único e incuestionable.

La posmodernidad no elimina la búsqueda de sentido, pero la vuelve más incierta.

En ese marco, la modernidad no desaparece del todo. Sus instituciones, sus prácticas y muchas de sus ideas siguen vigentes. Pero su confianza original —esa seguridad en que la razón podía organizar el mundo de manera definitiva— ya no se sostiene del mismo modo.

Tal vez por eso, más que hablar de un final de la modernidad, convenga hablar de una modernidad en crisis.

Una modernidad que sigue operando, pero que ya no puede ignorar sus propias contradicciones. Que reconoce que el conocimiento no es completamente transparente, que el progreso no es lineal y que la razón, siendo una herramienta poderosa, no alcanza por sí sola para garantizar un mundo mejor.

En ese desplazamiento se juega algo más que una discusión filosófica.

Se juega la manera en que entendemos el presente.

Y, sobre todo, la forma en que pensamos lo que todavía puede venir.

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