Cuatro décadas sin Borges

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Se cumplen hoy 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges en Ginebra. En Línea Noticias recuerda al gran escritor tratando de rescatar uno de sus costados menos conocidos, tal vez, el Borges filósofo. A pesar de no haber escrito jamás un tratado de filosofía, al menos en las formas convencionales del género, Borges inspiró o insinuó ideas que otros pensadores recuperarían posteriormente.

Porque hay ideas que, cuando aparecen formuladas en el lenguaje de la filosofía, parecen nuevas, disruptivas, incluso complejas. Pero, a veces, esas mismas ideas ya habían sido pensadas —o, mejor dicho, imaginadas— en otro registro. Más lateral, menos sistemático, pero no por eso menos potente.

Algo de eso ocurre cuando se ponen en relación a Jacques Derrida y a Jorge Luis Borges.

Derrida, desde la filosofía, instala una afirmación que desestabiliza la idea clásica de verdad: no hay un acceso directo a la realidad por fuera de los sistemas de lenguaje que la constituyen. Lo que entendemos como mundo está siempre mediado, atravesado, construido por estructuras de significación. No hay un “afuera” puro desde el cual verificar el sentido.

Dicho así, suena abstracto. Exigente. Teórico. Pero décadas antes, Borges había hecho algo muy distinto: no lo explicó, lo mostró.

En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, no hay una tesis sobre el lenguaje. Hay un relato. Un mundo ficticio que, poco a poco, empieza a filtrarse en el mundo real. Un sistema de pensamiento —el de Tlön— donde la materia no existe como sustancia independiente, donde los objetos dependen del acto de percepción, donde el lenguaje no describe la realidad sino que la produce.

Al principio parece un juego erudito. Una invención más dentro del universo borgeano. Pero a medida que el relato avanza, algo se desplaza: ese mundo imaginado deja de ser exterior y empieza a volverse dominante. La enciclopedia precede a la realidad. El lenguaje ya no nombra lo que existe: lo sustituye.

No es difícil ver ahí una intuición que la filosofía, años después, formulará en otros términos.

La diferencia es de forma, pero también de estrategia.

Derrida necesita argumentar. Señalar las fisuras del lenguaje, mostrar la inestabilidad del significado, desmontar la ilusión de un fundamento último. Su trabajo es analítico, crítico, insistente. Borges, en cambio, no discute nada. Construye un dispositivo narrativo y lo deja operar. No dice que el mundo es una construcción del lenguaje: inventa un mundo donde eso ocurre y deja que el lector saque sus propias conclusiones.

Tal vez por eso el efecto es distinto. La filosofía busca convencer. La literatura, cuando funciona, desacomoda.

En Borges no hay necesidad de demostrar que no existe un acceso directo a la realidad. Basta con mostrar un universo donde ese acceso se vuelve imposible, y en ese gesto, lo que parecía una certeza empieza a tambalear.

Pero lo más interesante no es solo la anticipación.

Es que Borges no escribe contra una tradición filosófica particular. No polemiza con el concepto de verdad ni con la idea de representación. Lo que hace es más radical: introduce una duda en el propio funcionamiento del mundo narrado. Y en ese desplazamiento, lo que queda afectado no es solo la ficción, sino también la confianza del lector en la estabilidad de lo real.

Derrida, por su parte, llega a un punto similar por otro camino. No construye mundos posibles, sino que interroga el nuestro. Señala que aquello que consideramos inmediato —la presencia, el sentido, la referencia— está siempre mediado. Que el significado no se fija, sino que se desplaza. Que toda interpretación remite a otra, en una cadena que no se cierra.

Leído desde ahí, Borges parece menos un antecedente que una confirmación inesperada. Como si la literatura hubiera llegado antes a un lugar donde la filosofía tardó más en instalarse.

O, quizás, como si ambas estuvieran trabajando sobre el mismo problema desde registros distintos: qué ocurre cuando la relación entre lenguaje y realidad deja de ser transparente.

En ese cruce, la cronología pierde importancia. No se trata de quién lo dijo primero, sino de reconocer que hay momentos en que una idea aparece en más de un lugar al mismo tiempo, bajo formas diferentes. Y que, a veces, una ficción puede iluminar con más claridad que una teoría aquello que la teoría intenta explicar.

Tal vez por eso, frente a ciertas afirmaciones filosóficas, convenga volver a Borges.

No para encontrar respuestas, sino para recordar que algunas preguntas ya estaban ahí, formuladas de otro modo, en la forma de un cuento.

Y que, en ese registro, siguen siendo igual de inquietantes.

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