El peso de la vida: en diez años se duplicaron los suicidios

Esta es la primera parte de un informe sobre el desmesurado crecimiento de los suicidios en el país. La próxima semana se publicarán en APe datos sobre el impacto en la adolescencia. Los suicidios triplican a los homicidios. La media argentina supera en 2.7 a la mundial. Mientras se recortan presupuestos en las áreas de salud mental.
Por Claudia Rafael y Silvana Melo – Agencia Pelota de Trapo
La angustia cuando se hace profunda y el mundo cuando se vuelve intolerable desactivan los hilos que sostienen la vida y empieza a ser cotidiana la tentación de arrancársela. 5.209 personas sintieron ese derrumbe durante 2025 y fueron contabilizadas por el Ministerio de Seguridad de la Nación en una gélida columna de muertes violentas. Cuando en realidad eran suicidios. Que no tenían nada que ver con los homicidios ni con los accidentes. Esa demolición de la voluntad que empuja a terminar con la vida aumentó un 22,6% en la Argentina solamente en un año: entre 2024 y 2025.
No es casual en una docena de meses cuando la miserabilidad desde el poder agudizó la carencia de los más castigados y los culpó de su desgracia.
El informe de Estadística Criminal que el Ministerio de Seguridad dio a conocer en celebración de una baja del 7,1 por ciento en los homicidios dolosos, exhibe también una cifra de diez años escalofriante que, sin embargo, no mereció ninguna reacción oficial: desde 2016 hasta el 2025 la cifra de suicidios aumentó un 79,80 %. En una década la subsistencia de muchos argentinos entró en una espiral de disvalor que casi duplicó a quienes decidieron terminar con su vida.
En esos diez años, 38.283 personas se quitaron la vida. Algo así como la desaparición de toda la población de ciudades como Bell Ville, Funes, Lobos o Chascomús. El 13,60 % de ese total ocurrió en 2025. El año con el mayor número de suicidios a lo largo de toda la historia. Hasta ahora.

La tasa nacional trepó a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, mientras que el promedio mundial que informa la Organización Mundial de la Salud es de 9,1. Provincias como Entre Ríos, que suele perforar todos los extremos, llega al 20,8.
En apenas un año los suicidios en la provincia de Buenos Aires aumentaron un 55,4%. En CABA, un 38,3%. En Misiones, un 36,93%. En Salta, un 34,6%. En Santa Cruz, un 33,4%. Cada distrito con sus particulares hostilidades hacia diferentes grupos sociales, Buenos Aires abarca un nivel de hacinamiento, disparidad social, pauperización y migración laboral que logra ganar varios premios en frustraciones, precarización, desempleo y pobreza. Una desvalorización de la vida propia que tiende a desencarnarse.
Inseguridades
El suicidio triplica a los homicidios dolosos. Los gobiernos suelen desplegar discursos, planteos y plataformas grandilocuentes contra la violencia y la inseguridad. Pero sus propias estadísticas denuncian que la gente a la que deben representar se mata tres veces más de lo que la matan. Pero para esta tragedia no hay plataformas ni discursos ni programas preventivos. Se desfinancian los dispositivos de salud mental. Y se deja más sola a la gente que necesita escucha y compañía. Se profundiza el silencio y las emociones no nombradas. Nombrar el suicidio, dicen desde la psicología, “no es promoverlo, sino desarmar los silencios que lo rodean”.
Rastrear las razones de ese incremento estremecedor es, de alguna manera, una radiografía social de cómo se vive, de las angustias que superan la vara de lo soportable y de las soledades que atraviesan a una porción creciente de la población. Que en un país como Argentina haya una persona que cada dos horas o menos ¿elija? poner fin a su vida da cuenta de aquello que la psicoanalista Miriam Maidana define al plantear que “no ubicamos tanto al intento de suicidio como un querer morir, sino con no saber cómo vivir. Cómo sobrellevar el día a día”.
Si nos remontamos a otra etapa en la vida nacional, en 1966, hubo 1664 suicidios. Es decir, de 4 a 5 personas por día pusieron fin a sus vidas. En 2025, con 5209 suicidios, se quitaron la vida de 14 a 15 personas cada 24 horas.
Y en un presente en el que día a día, semana a semana, mes a mes, durante los últimos dos años millones de argentinos fueron arrojados a la zozobra de tratar de sobrevivir, el estrés que surge de la crisis económica incide negativamente en la salud psíquica de las y los trabajadores.
El relevamiento del estado psicológico de la población argentina que durante 2025 realizó la Facultad de Psicología de la UBA ubicó la crisis económica ligada a bajos ingresos y deudas como la mayor fuente de angustia de los participantes en el estudio (55,91%).
La pérdida de trabajo, las presiones laborales por acoso empresarial, la inestabilidad en la que innumerables trabajadores se encuentran en la lucha cotidiana por la preservación del trabajo deriva demasiadas veces en la decisión de acabar con la vida. Y esto trasciende fronteras. Hay innumerables espejos en los que reflejarse.
En los doce años transcurridos en Francia entre 2006 y 2017 se produjeron más de 35 suicidios entre trabajadores de France Telecom y Renault por presión laboral. Al punto tal que los sindicatos del sector lograron que las empresas fueran juzgadas y recibieran condenas por “exceso de trabajo” y “acoso moral”.
Géneros y edades
Del total de las víctimas del aumento exponencial de 2025, el 78,6% eran varones, con una mayor concentración entre los 18 y los 34 años.
Justamente en esta franja etárea está puesta la mayor presión de una sociedad en vértigo, generadora de ansiedad y depresión en edades tempranas, a través del consumo de drogas y el aislamiento digital. La soledad y la necesidad de sortear la hostilidad de un mundo que demanda pero no devuelve, se vuelven crisis a veces inmanejables.
Lo que hasta hace poco tiempo se trataba de cuadros vinculados con trastornos mentales o consumos, en un presente aluvional las crisis son vecinas del empeoramiento de las condiciones de vida, del endeudamiento para el alimento del día, de la falta de empleo, de un mañana que se ha vuelto absolutamente esquivo. Entre los jóvenes de 18 a 30 años, la mora supera el 40%, la tasa más alta entre los distintos grupos etarios. En los últimos dos años ha crecido el trabajo no registrado y precarizado al mismo ritmo que cerraron más de 300.000 empresas. Las plataformas de mandados y de remisería se han extendido de tal manera por la necesidad de empleo que la oferta se ha vuelto superior a la demanda. Y por ahí tampoco aparece el trabajo. Para nadie, ni para jóvenes ni para adultos mayores que no pueden sobrevivir con haberes ofensivos para la dignidad. Y en este contexto –según el informe de la UBA-, quienes necesitan atención psicológica y son conscientes de esa necesidad, pero no acceden a ella porque no pueden afrontar el costo, superan el 43 por ciento.

La preminencia de género en la mayoría de los suicidios vuelve a poner en debate la masculinidad como proveedora, cuando la posibilidad del sostén de un hogar se quiebra y además ha dejado de ser el único sostén. El mandato cultural persigue a una masculinidad que se queda sin empleo, suma frustraciones, está atrapado por el individualismo feroz de los tiempos, ve imposible construir con dos o más, no ve probable edificar un futuro y ve en el otro un competidor y no un par. La vida entonces se deshilacha, pierde sentido.
Aunque nada de esto significa que un elevado número de mujeres no lo intenten también, que no estén atravesadas por angustias existenciales y otro tipo de crisis y mandatos sino que en un ínfimo porcentaje de casos (2,1%) tienen un resultado mortal. Y ahí será otro el tipo de análisis sobre las razones de fondo.
Muchas de las causas para el incremento desmesurado de las vidas truncadas por decisión propia habrá que indagarlas en el tipo de sociedad y de producción que se fue (im)perfeccionando con el correr de los últimos años. Donde el rol de las soledades que atraviesan a unos y otros, que encuentran consuelo en las vidrieras tecnológicas y artificiales, conminan a un viraje sostenido en la construcción de otro tipo de humanidad. Donde se recupere lo colectivo y el encuentro afectivo que permita reconocerse y sanar vínculos que hoy por hoy están minados por barreras artificiales.
