Héroes en este lío
Los ríos de gentes en las calles de Avellaneda para despedir al Indio Solari son la fotografía de un país saqueado tratando de pelearle a un sistema feroz. Como comunidad. Diez kilómetros de personas que protagonizan un abrazo colectivo en tiempos de corazones congelados. Y que se posicionan críticamente ante el poder político. Padres, hijos, nietos. Todos confluyendo en un pogo final.

Por Silvana Melo y Claudia Rafael (Agencia Pelota de Trapo) – Fotos: Jaime Olivos y Adrián Escandar y agencias (Infobae)
¿Cuántos países es un país?
¿Dónde está todos los días ese país de diez kilómetros de Domínico a Barracas que celebró la comunidad y el abrigo colectivo en tiempos de corazones congelados?
Ese país sobreviviente todos los días en las grietas de los subtes, en los pasillos internos del conurbano, en los bondis hacinados, en el norte olvidado, en la pampa fumigada, en el sur empetrolado y saqueado, tratando de pelearle a un sistema feroz que se trajo los monstruos para devorárselo todo. Y ahí los lobos del tercer mundo, con sangre de plástico en los colmillos, que nadie cree, andan amenazando a la gente que ama a un tipo que acaba de morirse. Y esa gente, ese país sobreviviente de todos los días, ése que a veces no tiene tiempo de juntarse para repudiar al loberío trucho y ridículo que quiere llevarse puesto un país, el país que es unos cuantos países pero que es éste, que en estos días ha sido rotunda y palmariamente éste. Y que el Indio Solari, como milagro de un santo profano, ha sido capaz de empalmar, de arremolinar en el pavimento del sur del conurbano. En la cuna del industricidio, de los bolsones de pobreza, de los clubes de fútbol grandes, que finalmente recibió al símbolo en un polideportivo en Domínico.
Ese país anda demostrando que puede confluir y arder en un domingo triste, gris, frío, húmedo. Donde los miles y miles dicen familia. Donde las clases se achatan y las diferencias se eclipsan. Donde se juntan los abuelos, los hijos, los nietos. Porque el que se ha muerto fundó a los Redondos en 1978. 48 años antes de la locura histórica de estos días. Por eso salían ayer llorando del Polideportivo hombres, mujeres, padres, hijos, niños, adolescentes, una histórica línea que atraviesa varias generaciones con explicaciones insólitas: el Indio cambió mi vida; el Indio estuvo conmigo en los momentos de mayor oscuridad; le debo todo; lo perdí todo y pude salir gracias a él; se murieron mis padres y él estuvo conmigo, etc.
El pogo final

¿A qué le teme el poder? ¿Qué miedos se ensamblaron en el no a la despedida definitiva del Indio en el congreso de la nación? ¿Qué representan los ríos de redondos andando con el dolor a cuestas por las calles? Cargando esa mochila de angustias que sólo sanan en el abrazo con el otro. Ese otro, esa otra que con un gesto con la mano, con una remera, con una bandera que flamea desde la espalda es capaz de tejer empatía y no hay necesidad de palabra alguna para entenderse. ¿Cuántas angustias se lloran y se llorarán por estos días?
Son tiempos de oscuridad en los que lo colectivo parece aterrorizar a los titiriteros de la crueldad. Y los kilómetros y kilómetros de gentes acudiendo a la última de todas las misas de la historia son hoy un símbolo potente, desmesurado. Que mete miedo a los poderosos. Y es un símbolo que se puede leer de infinitos modos. Es acaso el pogo final. Pero ese pogo desnuda demasiadas muertes. No sólo la del poeta de los derrumbes y de las esperanzas. Ese pogo pone sobre el largo asfalto del sur de los conurbanos la muerte de la ternura imprescindible para el abrazo. En una época en la que juegan a primero yo y después también yo y a las migas para mí y cierran el juego.

Recorrer la infinita fila para el último de los adioses desde Villa Domínico por Mitre y luego asomar a la avenida que conecta más de 14 localidades conurbanas, desde Avellaneda a Temperley es una pintura transversal del universo ricotero. Tan transversal que abarca desde niñas o niños de 10 ó 12 años que coreaban no lo soñé, yeh, ibas corriendo a la deriva a hombres y mujeres de más de 70 que recordaban los primeros tramos redondos de la historia. Que compartían un cassette que pasaba de mano en mano hasta gastarlo. Pero encontraba en la misma hilera a la doña de Varela con la universitaria del norte porteño. Al hombre joven tatuado hasta los dientes, orgulloso, con su pasado a cuestas, de haber entendido alguna vez y hace tiempo que todo preso es político.
Cantan contra Milei. Lloran. Se repiten familia todo el tiempo. Se reconocen comunidad. Se muestran como ejemplo de cuidado mutuo. De expresión colectiva. De estar juntos como determinación filosófica. Un manifiesto para enfrentar a la ideología barata que se impone desde un arriba endeble que le teme tanto a la gente en la calle.
A este país en la calle, mucho más amplio, conciso y temible que las marchas universitaria o por el ni una menos. Estos ríos de gente que llora, se abraza, se busca, se conduele, se acompaña, se ternura, no son los mismos ríos de gentes de 2022 en las calles con el exitismo a cuestas de Argentina campeona del mundo. Cuando por la noche volvieron el pobre a su pobreza y el rico a su riqueza como cantaría Serrat.

Hay en esta última misa un posicionamiento profundo ante los sueños bellos y dignos de ser vividos. Ante los dolores de los olvidados. Ante esos caballos que se mueren potros sin galopar. Ante el estado que se ríe de los nadies y los humilla. Y, por sobre todo, ante la determinación de afrontar la vida como colectivo, como una comunidad que se cuida y se protege.
Este país, el de los 10 kilómetros de cola en el sur del conurbano, es el país del sacrificio. El del abrazo en comunidad. El que es capaz de soportar el frío y la lluvia durante horas para rendirse ante el poeta, ante el músico. El que sabe que cuando la noche es más oscura /se viene el día en tu corazón.
