¿Las redes sociales favorecen a la derecha?


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Durante años se sostuvo que las redes sociales iban a democratizar la palabra pública. Que iban a permitir que nuevas voces emergieran, que los discursos minoritarios encontraran audiencia y que la política se volviera más horizontal. Algo de eso ocurrió. Pero con el tiempo empezó a aparecer otra evidencia: las redes no son un espacio neutral. Tienen una lógica propia. Y esa lógica parece favorecer más a unos que a otros.

¿A quiénes?

La pregunta no es trivial. Y la respuesta, aunque incómoda, empieza a insinuarse: las redes parecen ser un terreno más fértil para ciertas formas de la derecha contemporánea que para las tradiciones políticas de izquierda.

¿Por qué?

En primer lugar, porque las redes premian un tipo de comunicación muy específico: mensajes breves, emocionales, fácilmente replicables y adaptables. No importa tanto la consistencia interna del discurso como su capacidad de generar impacto. En ese contexto, la coherencia deja de ser un valor central. Lo que importa es la eficacia.

Y ahí aparece una primera asimetría.

Buena parte de las tradiciones de izquierda —sobre todo aquellas más ancladas en marcos teóricos fuertes— se construyen sobre la idea de un discurso coherente, universalizable, que pueda sostenerse frente a distintos públicos sin perder su sentido. La política, en esa tradición, no es solo persuadir: es también mantener una cierta fidelidad a un marco conceptual.

Las redes, en cambio, introducen otra lógica: la del mensaje situado.

Un mismo candidato puede decir cosas distintas a públicos distintos. Puede enfatizar el orden frente a un sector, y la libertad frente a otro. Puede activar el miedo en unos y la esperanza en otros. Y todo eso sin que necesariamente haya un espacio común donde esas contradicciones se vuelvan visibles.

El ejemplo es conocido: en campañas recientes, líderes como Donald Trump utilizaron segmentación digital para enviar mensajes específicos a distintos grupos. No todos recibían lo mismo. Y, sobre todo, no todos sabían qué estaban recibiendo los otros.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿podría un dirigente de izquierda hacer algo similar sin pagar un costo político alto?

¿Sería creíble?

Probablemente no.

No porque la izquierda esté moralmente impedida de hacerlo, sino porque su legitimidad suele construirse de otro modo. Un discurso que se presenta como emancipador, universal o igualitario difícilmente pueda sostener, sin fisuras, versiones divergentes según el público. La inconsistencia, en ese caso, no aparece como astucia sino como traición.

En cambio, ciertos liderazgos de derecha —más pragmáticos, menos atados a una coherencia doctrinaria rígida— pueden moverse con mayor soltura en ese terreno. No porque no tengan ideas, sino porque su vínculo con el discurso es más instrumental. Lo importante no es tanto que el mensaje sea siempre el mismo, sino que funcione.

Las redes potencian esa lógica.

Al permitir la microsegmentación, hacen posible una política en la que no hay un único mensaje, sino múltiples versiones de una misma propuesta. Cada público recibe aquello que mejor conecta con sus miedos, deseos o frustraciones. La política deja de ser un discurso dirigido a una comunidad para convertirse en una serie de interpelaciones personalizadas.

Esto no significa que la izquierda no use redes, ni que no segmente. Lo hace. Pero muchas veces lo hace con mayor incomodidad, intentando mantener una coherencia que el propio medio tiende a erosionar.

La cuestión de fondo no es tecnológica, sino política.

Las redes no favorecen una ideología en sí, pero sí favorecen una forma de hacer política: fragmentada, emocional, adaptable, capaz de decir cosas distintas sin necesidad de sostener un espacio común donde esas diferencias se confronten.

Y no todos los proyectos políticos pueden moverse con la misma naturalidad en ese terreno.

Tal vez por eso la pregunta no sea simplemente si las redes favorecen a la derecha, sino en qué medida están transformando las condiciones mismas de lo político. Porque si la eficacia comunicacional pasa a depender de la capacidad de fragmentar el discurso, entonces los proyectos que necesitan construir un “nosotros” coherente parten, desde el inicio, con una desventaja.

Y eso, más que un problema de campaña, es un problema de época.

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