María Reina

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Como refiere la Exhortación Apostólica Marialis Cultus de San Pablo VI para el culto a la Santísima Virgen María: «La solemnidad de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la Realeza de María, que tiene lugar días después y en la que se contempla a Aquella que, sentada junto al Rey de los siglos, resplandece como Reina e intercede como Madre». La realeza de María es una realeza de intercesión.

Es oportuno recordar palabras del Papa Francisco sobre la Realeza de María: «Es un gran honor tener por Madre a una Reina, la misma Reina de los Ángeles y de los Santos, que reina gloriosa en el cielo. Pero da aún mayor júbilo saber que tenéis por Reina a una Madre, amar como Madre a Aquella a quien llamáis Señora». Porque la imagen sagrada muestra que María no es una Reina lejana sentada en un trono, sino la Madre que abraza a su Hijo y, con Él, a todos nosotros sus hijos. Es una Madre real, de rostro marcado, una Madre que sufre porque se toma verdaderamente a pecho los problemas de nuestra vida. Es una Madre cercana, que nunca nos pierde de vista; es una Madre tierna, que nos toma de la mano en nuestro camino cotidiano».

A través de la Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, sobre la Realeza de la Santísima Virgen María, el Papa Pío XII instituyó la fiesta de María Reina «para que todos más claramente reconozcan y con mayor cuidado honren el clemente y maternal imperio de la Madre de Dios. Procuren todos acercarse ahora con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre».

En la Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, sobre la Realeza de la Santísima Virgen María, sostiene el Papa Pío XII que: «El argumento principal en que se funda la dignidad real de María, evidente ya en los textos de la tradición antigua y en la sagrada Liturgia, es indudablemente su divina maternidad. De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: «Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin«; y, además, María es proclamada «Madre del Señor». Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo».

Colaboración de las Misioneras de la Inmaculada, Padre Kolbe.

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