Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

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La devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es una de las más queridas en la Iglesia Católica. El icono original, del siglo XV, se venera en la iglesia de San Alfonso en Roma desde 1866, custodiado por los Misioneros Redentoristas.
El icono es del tipo Hodegetria, que significa «la que muestra el camino».
Cada detalle tiene sentido teológico: La mirada de María no mira al Niño, sino a
nosotros. Nos invita a acercarnos a Cristo en nuestras necesidades. El niño Jesús asustado mira a los ángeles que le muestran los instrumentos de la Pasión: la cruz, la lanza y la esponja. Sus sandalias se le están cayendo, signo de prisa y temor humano. Nos recuerda que Cristo asumió de verdad
nuestra fragilidad. «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de
nuestras debilidades» (Heb 4,15).
La mano de María que sostiene las de Jesús: El Perpetuo Socorro. Ella es el refugio seguro cuando nos asusta la cruz: «He ahí a tu madre” (Jn19, 27). La estrella en la frente de María. Signo de que es la Estrella del Mar, que guía a los navegantes hacia Cristo. El fundamento bíblico de su título reside en que es “Medianera de todas las gracias”: En Caná, María anticipa la hora de Jesús e intercede por los esposos.
«No tienen vino… Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,3-5). Su intercesión sigue siendo eficaz.
También es “Madre de misericordia”: Isabel la llama «bendita entre las mujeres» (Lc 1,42). Y María misma canta: «Su misericordia se extiende de generación en generación» (Lc 1,50). Ella refleja la misericordia de Dios. Es “Consuelo en la prueba”: Al pie de la cruz, María recibe la misión de ser madre de toda la humanidad. (Jn 19,26). Por eso la invocamos como Socorro Perpetuo: su maternidad no terminó en el Calvario. Ahí comienza su SI a su maternidad universal Todo esto tiene implicancias para nuestra vida cristiana. Tener confianza filial: El título «Perpetuo Socorro» nos recuerda que no hay situación sin salida si
acudimos a Ella. «Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro siempre a mano en momentos de angustia» (Sal 46,2). María nos lleva a ese refugio.
Aceptación de la cruz. El Niño mira la cruz, pero se abraza a su Madre. Nosotros también: no negamos el sufrimiento, pero lo vivimos sostenidos por María. Nos impulsa a la misión. Como María señala a Jesús, la devoción auténtica nos lleva a Él. No se queda en el consuelo, sino que nos empuja a «hacer lo que Él nos
diga». La Virgen del Perpetuo Socorro es entonces el rostro maternal de Dios que nos dice: “en toda prueba, yo estoy contigo”. Que recurramos siempre a ti, Madre del Perpetuo Socorro, en todas nuestras necesidades…
Horacio Robirosa, Voluntario de la Inmaculada Padre Kolbe, Olavarría.
