Corazón Inmaculado de María

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Al día siguiente de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra la memoria del Corazón Inmaculado de María. En palabras de San Juan Pablo II: “La devoción al Corazón de María tiene una importancia capital, porque amando su Hijo a toda la humanidad, María interviene singularmente como un instrumento que nos conduce hacia Él. De María aprendemos a amar a Cristo, su Hijo y el Hijo de Dios… De ella aprendemos a ser siempre fieles, a confiar en que la Palabra de Dios se cumplirá en nosotros, que nada es imposible para Dios”.

Celebramos en días consecutivos el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María por la singular relación que los une. Así lo expresó la sierva de Dios Lucía de Jesús Rosa dos Santos, una de las visionarias de Fátima: “La obra de nuestra redención comenzó en el momento en que la Palabra descendió del Cielo y asumió un cuerpo humano en el vientre de María. Desde ese momento y durante los siguientes nueve meses, la Sangre de Cristo fue la sangre de María, tomada del Inmaculado Corazón de la Madre; el Corazón de Cristo latió al unísono con el Corazón de María”. Y Jesús mismo, cuando se apareció a Sor Lucía, le dijo: “Quiero que Mi Iglesia ponga la devoción al Inmaculado Corazón junto con la devoción a Mi Sagrado Corazón”.

El Corazón Inmaculado de María es un corazón sin mancha, lleno de Dios, abierto totalmente a obedecerle y escucharle. El corazón, en el lenguaje de la Biblia, se refiere a lo más profundo de la persona, de donde emanan todos sus pensamientos, palabras y obras. Del corazón de María emanan fe, obediencia, ternura, disponibilidad, espíritu de servicio, fortaleza, humildad, sencillez, agradecimiento, estela inacabable de virtudes. Porque -en palabras de Jesús-: «Donde está tu tesoro allí estará tu corazón» (Mt 6,21). El tesoro de María es su Hijo, en Él tiene puesto todo su corazón; los pensamientos, palabras y obras de María tienen como origen y como fin contemplar y agradar al Señor.

En 1942 Pío XII consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María con estas palabras: “Reina de la paz… dad al mundo la paz en la verdad, en la justicia y en la caridad de Cristo”. La paz, bendición de Cristo, no es la de este mundo, pues el seguirle implica persecución (Mt. 10,34-49). Es la paz del corazón que quita la angustia y el temor, como fruto de la enseñanza completa del Espíritu Santo, y con la alegría de la esperanza en el cielo (cfr. Jn. 14,26-28).

Cuando honramos al Inmaculado Corazón de María, honramos también a Jesús. Al honrar a la Madre, se honra al Hijo. Además, María también es nuestra madre (cf. Apocalipsis 12,17), y su corazón de madre es incomparable. San Luis de Montfort afirmó: “Ni todo el amor de todas las madres alcanzaría a equiparar el amor del corazón de María por sus hijos”. En el progreso de su santidad, el Corazón de María refleja al Dios inmaculado que ve: “Bienaventurados los corazones puros, porque verán a Dios”. Cuando la Iglesia venera al Corazón Inmaculado de María, venera, sobre todo, el Amor. Tengamos siempre presente el mensaje de la Virgen de Fátima a los niños pastores como llamado a la conversión a la humanidad, palabras que dan esperanza en medio de las vicisitudes de este tiempo: «Mi Corazón Inmaculado triunfará».

Colaboración de las Misioneras de la Inmaculada, Padre Kolbe

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