Tiempos de Inteligecia Artificial
Escribe Lic. Marcela Blaufuks
Caminé dejándome llevar por el ritmo de una ciudad que todavía invita a levantar la vista. Su arquitectura es una conversación entre épocas, un diálogo paciente entre quienes imaginaron edificios perdurables y quienes hoy los recorren con la urgencia del presente.

Buenos Aires es un espacio donde la belleza abunda. Me gusta caminar, detenerme y mirar. Imagino la vida de grandes personajes que admiro. La Biblioteca Nacional y su brutalismo se elevan en esa pequeña loma que engrandece su magnificencia. Subí, descubrí muchos jóvenes estudiando frente a sus ventanas, sin prisa convivían los libros y los dispositivos digitales. Pensé en Borges y en los años que habitó esos salones imaginando laberintos e infinitos. Las bibliotecas custodian preguntas. Preguntas que sobreviven a las modas, a las revoluciones tecnológicas y a los cambios de época. Preguntas que conviven los tiempos.
El teatro, me condujo al pasado entre la música y el arte de contar historias. Y el después, conversaciones largas, de esas que alimentan el alma porque no buscan ganar una discusión sino comprender un poco mejor el mundo.
Vivimos un tiempo en el que la inteligencia artificial promete escribir más rápido, producir más rápido, responder más rápido. Pareciera que toda innovación debe justificarse por el ahorro de tiempo y la eficiencia. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué hacemos con ese tiempo que supuestamente ganamos y cómo nos sentimos de verdad.
Zygmunt Bauman advertía que la modernidad había vuelto líquidas nuestras certezas. Hoy esa liquidez parece acelerarse aún más. Todo cambia antes de que logremos comprenderlo. Consumimos información, imágenes y respuestas a una velocidad que muchas veces nos impide construir significado. Y es inevitable no volver a él. Byung-Chul Han sostiene que la aceleración permanente debilita nuestra capacidad de contemplar. Y quizás sea justamente allí donde el arte, la literatura, el teatro y la conversación recuperan un valor político y humano: nos obligan a detenernos. A mirar. A escuchar. A pensar. A sentir.
La inteligencia artificial puede ampliar nuestras capacidades. Puede colaborar con la ciencia, la educación y el trabajo. Pero ninguna tecnología puede darnos sentido. Eso no pertenece a los algoritmos.
En tiempos de inteligencia artificial, pienso en el desafío de reaprender. Para ello no necesitamos desprendernos de todo. Sostener aquello que nos trajo hasta aquí abriendo el camino para entender este tiempo requiere reflexión. En ese espacio comprendo la importancia de desarrollar habilidades adaptables. ¿En qué consiste esto? En formarnos entendiendo un mundo atravesado por la disrupción, un ritmo acelerado que no requiere demasiado sino adaptación. Trabajar, estudiar hoy es comprender la especificidad del conocimiento mediado por tecnologías que aceleran los procesos y otros contenidos reales que nos fueron vedados en el pasado. Trabajar en equipo es trabajar con otros y la máquina. Porque la inteligencia artificial está transformando ese mundo. En este sentido la tecnología se vuelve cada vez más humana al acercar soluciones a problemáticas humanas, ya que de otra forma perderían el sentido. Como advierte Edgar Morin, educar para el futuro no consiste en transmitir certezas, sino preparar personas para navegar la incertidumbre. En estos tiempos, las habilidades adaptables- aprender en forma continua, pensar críticamente, colaborar, crear, y actuar con criterio ético- no son un complemento sino la base desde la cual construir sentido. ¿Cómo podemos, entonces, potenciarnos con la inteligencia artificial? Tal vez la respuesta no esté solo en el sistema formal, sino también en una decisión personal sostenida. Implica dedicar algunos minutos cada día a aprender a usarla, explorar cursos, incorporarla a nuestras actividades, preguntar y repreguntar, verificar fuentes y tomar decisiones con más y mejor información. Lejos de disminuir lo humano, este proceso amplía el desafío de formarnos de manera continua.
Regreso a mis paseos y a la contemplación: si comprendemos nuestro tiempo, quizás también podamos superarnos. La creatividad, la investigación, la educación, las industrias culturales y del conocimiento son hoy parte central de las economías que generan mayor valor. Cuando una comunidad encuentra un propósito compartido, invierte mejor, crea mejor, coopera más y proyecta el futuro con mayor confianza. La economía deja entonces de ser únicamente una cuestión de crecimiento para convertirse en una construcción colectiva de valor.
Quizás por eso caminar una ciudad, visitar una biblioteca, asistir al teatro o conversar sin mirar el reloj no sean actividades improductivas. Tal vez constituyan la forma más profunda de inversión que una sociedad puede hacer: invertir en imaginación, en pensamiento crítico y en sensibilidad.
Porque la velocidad puede acercarnos al futuro. Pero solo el sentido nos permite habitarlo encontrando la felicidad.
