El silencio a gritos de la adolescencia

Amenazas de tiroteos. Punitivismo sin escucha. Hacerse mirar, hacerse oír. Hiperconectividad y búsqueda en tiktok y chat GPT de lo que no encuentran en la lejanía adulta. Violencias institucionales y familia complicada en el pluriempleo y la supervivencia. Padecimiento psíquico, soledad, suicidio. La salud mental desfinanciada


Por Silvana Melo – Agencia Pelota de Trapo

(APe).- Miles de amenazas de violencia en las escuelas en la misma semana (sólo en el Departamento de San Isidro se recibieron 600 denuncias) y un 70 % de ausentismo escolar. Números que marcan el dato duro que se siguió extendiendo hasta hoy como la cola de un huracán después del asesinato de un niño de 13 años en manos de uno de 15 en una escuela santafesina. Respuestas estructuradas, punitivistas, celebratorias de la baja en la edad punible de los chicos, represivas, cercanas al acoso y al bullyng adulto, alimento de la violencia institucional en todos los escalones que la infancia y la adolescencia van trepando a lo largo de una vida árida, padecida. Cuando la casa, la familia, la salita, la escuela, el hospital, los grupos impuestos, expulsan de la sociabilidad y terminan en un aislamiento hiperconectado que se toca con el padecimiento psíquico en una vecindad tóxica.

La ong Argentinos por la Educación concluye en dos datos sorprendentes: “un chico que sufre violencia física, podía rendir 41 puntos menos en matemática”. Pero “en aquellos que sufren violencia relacional, el rendimiento es de 67 puntos menos”. En los últimos veinte días decenas de miles de adolescentes han llegado a escuelas cercadas por patrulleros, rodeadas de controles policiales; se ha considerado revisar sus mochilas e incluso prohibir que las usen; se les impide ir al baño en horas de clase y se los mira con desconfianza cada vez que entran. No hay protocolo de salud mental para chicos y chicas que ya llegan semirrotos a esta época impía en la que la escuela dejó de ser un lugar seguro. Y que cuando entran al edificio escolar sienten que es un lugar donde algo malo puede pasar en cualquier momento. Quién piensa en la salud mental de chicos y chicas que asisten a un ámbito donde deben ser cuidados pero que en realidad se han convertido en sospechosos.  

Todos son punibles, dudosos, turbios, llegan con armas en las mochilas. Hay que cuidarse de ellos.

En realidad, todos están solos, aislados, buscando desesperadamente una escucha que no les dan los padres porque están agobiados por subsistir, con pluriempleo y sufrimientos psíquicos propios. Que no les da la escuela, caótica por falta de presupuesto, de docentes bien pagos y bien capacitados, de aulas con pocos alumnos, de equipos que no estén quemados por el mismo sufrimiento del resto.

Respuestas que resuelve la soledad emparentada con la hiperconectividad, una alquimia fatal que medica tiktok con IA: motores de búsqueda de SOS sobre salud mental, donde los jóvenes averiguan sus dolencias y las posibilidades de alivio. Pero que a la vez son plataformas que tienen respuestas a todo. Desde cómo matar a cómo morir. El aparente ritual de tiktok que movilizó la seguridad adulta -donde se chocaban la pulsión punitiva con la peligrosa impotencia del nosaberquéhacer-  se deslizó en miles de carteles escritos a mano con marcadores en los azulejos de los baños. Miles de amenazas de tiroteos que fueron canalizadas penalmente en expedientes caratulados como Intimidación Pública. Miles de voces que gritan, que llaman, que susurran, que suenan, que reclaman.

En un país donde la inversión en salud mental se derrumbó del 10% del presupuesto sanitario en 2023, al 1,4% apenas dos años después.

Donde hay, según la psicoanalista Alejandra Glaze, un “hacerse existir por el impacto, por el terror, por la mirada del otro”.

Miles de adolescentes que interpelan todo el tiempo a una sociedad inclemente que los desatiende, que no los percibe, que no los escucha. Que los sectoriza en un tipo de violencia singular –violencia escolar- que los aleja y los separa de la violencia que envuelve a esa sociedad de la que forman parte desesperadamente. Donde nadie sabe de dónde puede venir el peligro. Ni se puede confiar en aquel con quien se comparte espacio, scroleo y silencios todos los días. Donde los discursos brutales y sucios de insultos, la apertura progresiva a la tenencia de armas, la caída del empleo y el quiebre de las familias y el desfinanciamiento criminal del sistema público de salud mental son una emboscada para esas vidas que bracean hacia el futuro en un mar embravecido. En el medio, coinciden los especialistas, el contrato entre familia y escuela está roto y aparece poco posible un trabajo a la par.

En el país donde los suicidios aumentan sin pausa. En 2023 hubo 4.197 casos frente a 3.955 muertes viales, que siempre estuvieron en punta. En 2024 fueron 4.249 contra 3.539, números oficiales. Un 28% de crecimiento desde 2017. Hoy es la principal causa de muerte violenta. Hay un corrimiento notorio desde los adultos mayores a los jóvenes en la línea de las muertes por suicidio: entre los 18 y los 29 años aparecen los niveles más altos de ansiedad, depresión y riesgo suicida. Y hay un aumento de crisis e intentos de suicidio en adolescentes en soledad, con un mundo adulto que no sabe cómo acompañarlos.

Mientras la comunicación de lo que pasaba en la escuela caía en la mesa familiar como una bomba, lo invisible comenzó a verse, aunque sea en la nariz del iceberg. El acoso o el bullyng sobre ciertos adolescentes generan aislamiento y necesidad de validación en gente que buscan y conocen en las redes sociales. Y, en una mayoría de casos de violencia, los protagonistas son chicos que fueron rechazados o acosados. La nena de 14 años que en septiembre del año pasado fue con un arma a una escuela mendocina había sido abusada por un celador.

La escuela, caja de resonancia de la vida de los chicos y las chicas, de las adolescencias, recibe todos sus tormentos, sus flaquezas, sus fragilidades, sus disgustos, sus sufrimientos psíquicos. El chico de quince años que mató a Ian, de 13, en San Cristóbal, había sido elegido mejor compañero en diciembre del año pasado. No era un asesino. Algo pasaba dentro de él que nadie vio. Que nadie escuchó.

Pero la Ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, y al gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, decidieron explicar que el episodio habría surgido de “una comunidad digital que enaltece la violencia y las masacres escolares”. La decisión de apuntar a la True Crime Community, esa “subcultura descentralizada y trasnacional”, implica la comodidad de dejar de lado el complejo contexto local sin la prevención necesaria en que se inscribió la tragedia.

Para Monteoliva y Pullaro, la importancia está en el punitivismo.

Pero como dice la pedagoga Laura Lewin, la prevención no empieza con un detector de metales, empieza con vínculos.

Los malestares de época –ansiedad, depresión, soledad- se intensifican y se amplifican en las plataformas digitales. Esos padecimientos ya no son tramitados con la familia o con la escuela, sino entre pares dentro de las redes sociales o en diálogos con chat GPT u otras versiones de IA. El rechazo y la exclusión son la calle que se corta en el intercambio no humano.

Si la prevención no empieza con un detector de metales, la ternura y la necesidad inconfundible de abrazo para desactivar mínimamente la angustia debe arrancar en los vínculos. Que es la llave a reparar. En una época que les traba, a las infancias y a las adolescencias, todas las cerraduras.

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